El árbol y el viento[1]

Por Eileen L. DiGiovanna, D.O, FAAO.
Una fábula sobre el crecimiento y la destrucción de la osteopatía.
Érase una vez un hombre que estaba en la cima de una colina; constató hasta qué punto ésta era árida, el sol le quemaba con sus rayos y el viento soplaba rugiendo. Él estaba convencido de que había algo que hacer, tanto que cavó un hoyo, lo llenó con buena tierra de su granja y plantó un arbolito allí. Cada día nutrió y regó el árbol. Éste creció recto y fuerte, tras lo cual las gentes vinieron a ver el arbolito. Éstos comenzaron por burlarse de él, al verlo tan pequeño, pensaban que nunca llegaría a ser algo y que no se haría grande. Éstos hacían rabiar al anciano y se reían de él.
De hecho, rápidamente, se dieron cuenta que el árbol crecía verdaderamente, y que se hacía cada vez más hermoso. Admiraron su follaje verde en verano y los luminosos tonos amarillos que después ofrecía en otoño. Elogiaron al anciano por la buena idea que había tenido de plantar dicho árbol. Muy pronto, a medida que el árbol crecía, se les vio beneficiándose de él. Su sombra les protegía del sol y les resguardaba de la lluvia y del viento. Los niños jugaban bajo sus ramas y los ancianos descansaban en su sombra.
El anciano enseñó a otros cómo cuidar del árbol. Les exhortó a « ¡profundizar más todavía!»[2]. Cuando el anciano falleció, otros hombres y mujeres de buena voluntad vinieron a nutrir y regar el árbol. Éste continuó creciendo en talla y en fuerza, proyectando sobre el suelo una sombra más grande y brindando un mejor resguardo contra la lluvia y el viento.
Pero el viento, el cual soplaba en torno a la cima de la colina, rápidamente se tornó celoso del árbol. Quería recuperar la cima de la colina para él solo. Tanto que se puso a arremolinarse furioso y atacó al árbol. El árbol fue azotado por la lluvia y golpeado por los rayos. Algunas hojas y las ramas más débiles fueron arrancadas, pero una vez pasada la tempestad, el árbol seguía ahí, más grande y fuerte que nunca.
Ahora, algunas personas conocían la existencia del árbol, pero otras no habían oído hablar nunca de él. Éste era tan discreto como expresivo era el viento. No tenía la potencia del viento. Pero aquellos que conocían su existencia se acercaban a él y descansaban, jugaban, cantaban y trabajaban bajo su protección. Y algunos hombres y mujeres de buena voluntad continuaban nutriéndolo y regándolo.
Pero lo que aquellas gentes de buena voluntad no observaron, es que al árbol le estaba ocurriendo algo, y algo grave, además. En el corazón mismo del árbol escarbaban pequeños insectos, también ellos se aprovechaban del árbol, obtenían de él protección y alimento, pero no le daban nada a cambio. Extraían su subsistencia de su madera a la vez que cavaban galerías en su centro. Lentamente, le carcomían el corazón. Y los hombres y mujeres de buena voluntad no se daban cuenta que el árbol se marchitaba. No observaban que sus hojas comenzaban a desecarse y a caer al suelo. Eran tan felices con el árbol que no observaban estos pequeños detalles que mostraban que el árbol ya no estaba en tan buena salud como antes.
Pero el viento, él, sí veía y sabía que el árbol estaba debilitándose, entonces, se volvió a poner a soplar furiosamente, a arremolinarse en torno a él de nuevo. Esta vez, no fueron solamente las hojas y las ramas pequeñas las que se volaron, el mismo árbol se desplomó sobre el suelo, puesto que estaba carcomido en su interior y ya no tenía ninguna sujeción. Los daños causados en su corazón lo habían debilitado demasiado para que pudiese resistir de nuevo al viento.
Las gentes lloraron la pérdida de su árbol. No llegaban a comprender qué le había ocurrido. Parecía tan fuerte. Lamentaban no poderlo ya ver erguido sólidamente sobre la cima de la colina, proyectando su sombra sobre todo el país.
Amigos míos, ese magnífico árbol, es la osteopatía. Fue establecida hace mucho tiempo por el Dr. Andrew Taylor Still que cuidó de ella a medida que se consolidaba. Nació de su constatación del hecho que la medicina tradicional no respondía a las necesidades de la gente. Él la sustentó haciendo caso omiso de aquellos que la denigraban. Tras su muerte, unos cuantos hombres y mujeres de buena voluntad retomaron el testigo para continuar alimentándola y regándola. Algunos hombres como Thomas L. Northup, DO, a quien está dedicada esta conferencia, su hijo, George, el cual nutre la profesión con sus magníficos escritos. Algunos hombres como William Garner Sutherland, Rollin y Alan Becker, Fred Mitchell padre, Lawrence Jones, Paul Kimberly, Irvin Korr, J.S. Denslow y Wilbur Cole. Algunas mujeres como Nettie Boles, Louisa Burns, Louise Astell, Edna Lay, Ann Wales y Viola Frymann. Y de esta manera la lista continúa sin cesar, siendo demasiado larga para tener final.
La gente, nuestros pacientes, vinieron a admirar y a reconfortarse con este árbol. Gracias a él, éstos han podido descansar, trabajar, jugar. Es cierto que algunas personas no conocen nada de dicho árbol, pero aún son más los que saben de su existencia y lo aman.
Pero, ahora mismo, la enfermedad corroe el corazón de este magnífico árbol, en el mismo seno de la profesión existen fuerzas puestas en marcha, las cuales tienen la posibilidad de destruirla.
Los mayores daños son obra de aquéllos que admiran la potencia del viento. Quieren ser como el viento, que todo el mundo los conozca, para obtener reconocimiento, prestigio y poder. La medicina osteopática los ha acogido y les ha permitido convertirse en médicos. Fueron criados en el corazón mismo de la profesión, nutridos con el conocimiento y las competencias técnicas elaboradas durante varios años. Pero ellos no han aprendido a amar al árbol. Ni tan siquiera lo respetan. Ponen tal empeño en querer ser el viento, que, lentamente, estúpidamente, destruyen el corazón mismo de la osteopatía.
El fundador de la osteopatía nos había avisado que la profesión no podría ser destruida por fuerzas exteriores, sino que la destrucción vendría del interior mismo de la profesión. En 1954, Asa Willard, DO, publicó un artículo crítico, en la revista anual de la Academia, en el que decía: «Si nuestra profesión muere, morirá a causa de la oposición interna, y no por aquélla que viene del exterior. Ésta última puede crearnos dificultades y sembrar obstáculos en nuestro camino, pero la condena y la oposición solo sirven para que formemos piña aún más y para encender la llama de nuestra determinación.»
Todos los miembros de la academia forman parte de esos «hombres de buena voluntad» que se han encargado de mantener y de regar el árbol. Lo han amado y nutrido. Siempre han cuidado de él. Pero deben mantenerse atentos en cuanto a la destrucción silenciosa que viene del interior. Deben actuar antes de que el árbol no esté demasiado debilitado para luchar contra los asaltos del viento que siempre intenta derribar el árbol de la osteopatía. ¿Qué pueden hacer, ustedes, los Miembros de la Academia, para preservar nuestra profesión?
En primer lugar, deben ser conscientes de dichas fuerzas destructoras, las cuales socavan el corazón de la profesión. La causa de los daños debe ser identificada y acto seguido, hay que conseguir unas cuantas soluciones que protegerán nuestro «árbol», las cuales le permitirán continuar su crecimiento en el siglo XXI y más allá.
Una de las causas principales de destrucción de la cual debemos preocuparnos es la falta «de identidad osteopática», la cual preocupa a demasiados miembros de la profesión, haciéndoles actuar contra ella. Debemos preocuparnos, en particular, de dicho problema con nuestros estudiantes, el futuro de nuestra profesión. Raymond Hruby, en la alocución que pronunció en 1993 con ocasión de la ceremonia de Thomas L. Northup, titulada «La identidad osteopática, en busca del meollo de la cuestión», destacó la importancia de desarrollar la identidad del médico osteópata, diferente de la del alópata en sus sistemas de creencias y su experiencia; por la ayuda aportada a los individuos, claramente definida como osteopática, y por la percepción de sí mismo como osteópata y no simplemente como médico.
Los DO no solamente deben sentirse osteópatas y actuar en consecuencia, sino que deben, de igual manera, estar orgullosos de ser únicos y diferentes. Hace dos semanas, en el transcurso de una cena, yo charlaba con un doctor en medicina (MD) sobre las diferencias entre nuestras dos profesiones. Él me preguntó si no me habría hecho feliz poseer un título de MD si éste me hubiera sido brindado junto con todas las prerrogativas asociadas, es decir, con las mismas ventajas que ellos. De forma muy categórica le respondí: « ¡No! Todo lo que yo quería, era ser DO, nunca he intentado entrar en una facultad de medicina alopática.» Él respondió «En tal caso, supongo que vuestra filosofía es muy diferente».
Recientemente, durante una reunión de las asambleas de los estudiantes, los presidentes de los distintos consejos pidieron a sus miembros que realizaran una encuesta entre los estudiantes de las escuelas, para determinar si deseaban ver el título de DO transformado en MDO (Medical Doctor in Osteopathy - trad. esp.: Doctor en Medicina Osteopática) o incluso en MD/DO (Medical Doctor/Doctor in Osteopathy - trad. esp.: Doctor en Medicina/Doctor en Osteopatía). Entre los estudiantes de 1o y 2o año de la escuela de New York[3], el 81% de quienes respondieron a la encuesta, estaban a favor de una modificación de la titulación. Los resultados publicados por el CSCP evidenciaron que el 60% de los estudiantes que habían respondido al cuestionario, deseaban otra titulación que no fuese el DO. Es obvio que dichos estudiantes no han desarrollado una identidad como osteópatas, aun cuando intentábamos permanentemente ayudarles en dicho sentido. Es imperativo brindarles unos cuantos modelos de comportamiento que les proporcionen las experiencias necesarias para el desarrollo de dicha identidad. En alguna parte he leído que la obstinación es lo que origina la resistencia de la «vieja guardia» frente a los cambios, como pueden ser los cambios de denominación de los títulos.
A fe mía, si estar orgullosa de ser una DO, doctora en osteopatía, es obstinación, entonces yo soy obstinada. Si anhelar el derecho de estar certificada en medicina manipulativa osteopática, es obstinación, entonces yo soy obstinada. Si la obstinación es desear ser una doctora de una clase particular, podéis apostar que yo lo soy. Personalmente, pienso que he desarrollado una identidad osteopática verdaderamente fuerte e intento compartirla con mis alumnos.
Los miembros de la academia, igual que los médicos osteópatas, preocupados por la salud de la profesión, deben ser los ejemplos. Deben obrar en el refuerzo del sistema de creencias compartido por todos los DO, con una mención especial para nuestros estudiantes, así como demostrarles, lo que significa para ellos ser verdaderamente osteópata. A través de dichos ejemplos, es como los jóvenes DO conseguirán su identidad, la cual les permitirá definirse como osteópatas verdaderamente a ellos también.
Durante una conversación con Norman Gevitz[4], el autor de The DO’s, me hizo observar que los estudiantes, hoy día, no tienen ninguna noción de los primeros combates que la profesión tuvo que librar, y que debe llevarse a cabo un trabajo de sensibilización en lo que atañe a la historia de la profesión. Debemos enseñarles a verse reflejados en dichos combates, debemos inculcarles, de igual manera, la necesidad de defender y proteger la profesión, de reforzarla, para permitir que ésta pueda vivir como una profesión, distinta y equiparada a las otras. Debemos mantener el vínculo con la historia, tanto para nuestros estudiantes como para todos los DO.
Debéis de ser los modelos; debéis definir vuestras convicciones; debéis fomentar el sentido de la historia. La Academia ha trabajado duro para orientar y guiar a nuestros estudiantes. En la mayoría de las reuniones los estudiantes sobrepasan en número a los DO. Y a pesar de ello, perdemos un número importante de ellos en cuanto comienzan a trabajar. Buscad una solución, para proporcionar a nuestros estudiantes una identidad osteopática sólida.
La destrucción interna está igualmente alimentada por la apatía. Demasiados médicos se conforman con el Statu Quo. No quieren implicarse en la lucha. Se ocupan de sus asuntos sin preocuparse por aportar su ayuda. La profesión necesita capital para asegurar su representación, y para su acción política. La Academia necesita recursos para establecer unos cuantos programas de educación. Las Escuelas necesitan profesores capaces de enseñar la especificidad de nuestra profesión a los estudiantes. Necesitamos monitores para enseñar a nuestros estudiantes lo que el abordaje osteopático tiene de singular en el protocolo clínico. Necesitamos decanos para dirigir los servicios de medicina manipulativa osteopática y que estén deseosos de integrar los principios osteopáticos en el conjunto de los estudios universitarios. Necesitamos hospitales deseosos de formar a nuestros estudiantes como verdaderos médicos osteópatas. Necesitamos abogados a muchos niveles.
Personalmente, os animo a participar, a enseñar, a guiar, ¡a implicaros! No os quedéis ahí sentados diciendo: «Otro lo hará, yo, ¡estoy demasiado ocupado!». Ayudad a proporcionar los recursos financieros necesarios para alimentar programas pedagógicos sólidos, una representación política fuerte y unos modelos osteopáticos. ¡Implicaros!
Demasiados entre nuestros titulados prefieren asociarse totalmente a la profesión alopática, dándole la espalda, de esta manera, a la profesión que les ha dado la oportunidad de convertirse en el doctor que siempre habían soñado llegar a ser. Sus dones van a parar a la AMA (American Medical Association; trad. esp.: Asociación de Medicina Americana) y a las sociedades alopáticas del estado. Su formación y sus certificados son puramente alopáticos. ¡Por desgracia! No podemos hacer gran cosa por nuestras «ovejas descarriadas». Ellas son la savia, la sangre vital del árbol, la cual circula por la corteza[5] deteriorada. Debemos encauzar esta fuga de nuestras fuerzas vivas, asegurándonos que nuestros estudiantes reciben una enseñanza de calidad, en la cual estén indefectiblemente integrados unos firmes principios osteopáticos; asegurándonos que los programas destinados a los postgraduados, internos o jóvenes médicos residentes, sean igualmente de calidad, pero impregnados, asimismo, de los principios y de la práctica osteopáticos; y garantizando para los osteópatas en ejercicio, unos programas post-universitarios de calidad, que puedan ser identificados claramente como osteopáticos.
La Academia americana de osteopatía debe mostrarse vigilante en cuanto a las necesidades de la profesión y garantizar a todos los DO, la preservación de nuestro legado singular. Tenéis el deber de preservar el árbol.
Con ocasión de la conferencia «Thomas L. Northup» de 1997, la Dr. Edna Lay relató en detalle los acontecimientos que tuvieron lugar en California a comienzos de los años 60, cuando numerosos DO, una sociedad estatal y una Escuela de osteopatía fueron objeto de una tentativa de fusión[6] .
En aquella ocasión el viento intentó destruir nuestro árbol, pero fracasó. Sopló furiosamente pero en vano, ya que en todo el país los DO se unieron para luchar contra esa nefasta muestra de poder. El árbol se mantuvo con firmeza y creciendo así con más fuerza todavía. La ley que autoriza que se otorguen las licencias a los DO en California fue restablecida y una nueva sociedad médica osteopática fue constituida. Hoy día, existen dos escuelas de osteopatía en California.
Pero el viento espera, invisible, justo por detrás de la cima de la colina, suspirando lánguidamente para tratar de desorientar a los guardianes de sus responsabilidades. Y también es él, el que espera a que nuestro árbol sea de nuevo suficientemente débil, para propinarle otro ataque que lo derribará y entonces, no quedará más que el viento, soplando en la cima de la colina.
[1] Conferencia dada en 1998 por Eileen L. DiGiovanna, DO, FAAO, para la conmemoración de Thomas Northup, D.O, la cual apareció en el Periódico de la Academia American de Osteopatía, en invierno de 1998. Traducida al francés del americano por Jean- Hervé Francès, DO, MRO (F), y al castellano por Miguel Hernández Callejo y Juan Bañuls Puig.
[2] En inglés, «dig on». Alusión a Sutherland: «Esto ocurría en los primeros años de mi juventud. Papá nos había pedido a Steve, mi hermano mayor y a mí, desenterrar las patatas del huerto. Lo hicimos a nuestra manera, muy original. A la mañana siguiente, papá miro el campo y dijo: “Chicos, id a recoger de nuevo”. De esta manera nos envió tres veces a hacer el mismo trabajo y, cada vez que lo hacíamos, encontrábamos una cantidad considerable de patatas, incluyendo un buen número de patatas pequeñas que podían ser replantadas. A través de dicha experiencia de juventud, he aprendido que siempre merece la pena ahondar, incluso de una manera totalmente original [...] Años más tarde, comencé a profundizar en la ciencia de la osteopatía que nos enseñó el Dr. Still. En el transcurso de dicho estudio intensivo, descubrí una abundancia de esas cositas que el Doctor, en su filosofía, llamaba las grandes cosas. Éstas me han recordado las numerosas semillitas del campo de patatas.» A. S. Sutherland: With thinking fingers, Ed. Cranial Academy, 1962. (N d T)
[3] Eileen L. DiGiovanna DO, FAAO, es profesora de Medicina Manipulativa Osteopática del College of Osteopathic Medicine, Old Westbury, New York. Practica la misma en el Departamento de Medicina de Familia, Good Samaritan Hospital, West Islip, New York. Así mismo, es coautora, con Stanley Schiowitz DO, del libro: Osteopathic Approach to Diagnosis and Treatment. New York : JB Lippincott Co.; 1991. (N d T)
[4] El Doctor GEVITZ es Profesor de Historia de la Medicina en la Escuela de Medicina de Chicago, Universidad de Illinois. Además, recientemente ha ejercido el cargo de Director del Programa de Ciencias Humanas de la Escuela. Recientemente, ha sido encargado, por los osteópatas, de analizar el problema de identidad de la profesión y encontrar alguna solución: «La medicina osteopática es el secreto mejor guardado del sistema de salud americano. Después de más de cien años de existencia, a pesar de los cuidados aportados a más de treinta millones de americanos, y a pesar de la reciente triplicación del número de sus escuelas y del número de sus titulados, la profesión médica osteopática es, por regla general, la menos conocida de las principales profesiones sanitarias en los Estados Unidos. En el mejor de los casos, tan solo el quince por ciento de los americanos han oído hablar de los DO y de la medicina osteopática. Tampoco conocen la amplitud del ejercicio médico osteopático y no son capaces de expresar con claridad las diferencias más significativas que existen entre los DO y los demás profesionales de la salud. ¿Por qué esto es así? ¿Cuáles son las consecuencias de dicha invisibilidad social?» [Extracto de Visible et reconnu, le síndrome d’invisibilité ostéopathique, et la solution des deux pour cent - trad. esp.: Visible y reconocido, el síndrome de invisibilidad osteopática, y la solución del dos por ciento). Artículo de Norman Gevitz, que apareció en el JAOA (Journal of the American Osteopathic Association), en Marzo de 1997, Vol. 97 no3, pág. 168-170. Traducción al francés de P. Blanvillain.]
[5] La palabra inglesa «bark» utilizada aquí tiene el doble sentido de corteza y de barco, práctica para mencionar un casco de barco en el cual entra agua. (N d T)
[6] En los años 60, la AMA, utilizó una estrategia en California que tuvo como resultado amalgamar en dicho estado los dos sistemas de salud (DO & MD). La primera acción consistió en convertir la escuela de medicina y cirugía osteopática de Los Ángeles en una escuela alopática acreditada y rebautizada como Escuela de Medicina de California. Veinticuatro DO de California aceptaron dicha conversión y pudieron recibir un diploma de MD por 65 dólares. Pero 260 DO se mantuvieron fieles a la AOA y rehusaron la nueva titulación. La segunda jugarreta fue asestada en 1962, cuando un decreto estatal prohibió a la Comisión de Inspección Osteopática conceder nuevas licencias (derecho a ejercer); ya no podía ser admitido en California ningún nuevo DO. Esto parecía ser una indicación de cómo podrían evolucionar las cosas, y muchos comenzaron a presentir el anuncio del fin de la profesión osteopática. Tomando consciencia de las implicaciones de la situación californiana, la AOA la utilizó en su provecho para obtener la legislación en los estados restantes donde la osteopatía aún estaba limitada. La base de su estrategia se explica en el siguiente texto: «Sin quererlo, la AMA había revelado al enemigo una de sus armas más eficaces – a saber, la acusación principal que pretendía que la enseñanza osteopática era incompleta e incorrecta. Si los 2400 titulados de las escuelas de osteopatía se juzgaban como dignos de tener un título de doctor en medicina, la lógica reconocía que dichos títulos fueran intercambiables y de igual valor...» Si los DO eran reconocidos como competentes para ejercer la medicina general en California, ¿por qué no serían dignos de lo mismo en cualquier otro lugar? (Fuente: La Médecine ostéopathique, passé et présent - trad. esp.: La Medicina osteopática, pasado y presente, folleto informativo escrito por Georgia Warner Walter, y publicado por la escuela de medicina osteopática de Kirksville.)





